• Ingrid Usuga

Todos tienen sus motivos: El reino, de Rodrigo Sorogoyen

Todos tienen sus motivos


“Traicionar es no obedecer cuando se te dice y tú no obedeciste"

-Frias dirigiéndose a Manuel, en El reino.



¿Qué pasa cuando en la vida real nos encariñamos de quien hace daño a los demás? ¿Qué sucede cuando al entender sus motivos tratamos de estar de su lado y querer que tenga justicia, y pretender que logre sus propósitos olvidando lo (malo) que pudo haber hecho en un pasado? Esto es exactamente lo que sucede al ver El reino, 2018 dirigida por Rodrigo Sorogoyen, que pone de protagonista a Manuel López (interpretado por el gran Antonio de la Torre), quien realmente en términos objetivos, sería un “antagonista”. Sin embargo, la narración de la película se enfoca en describir detalladamente a este personaje para que nos seduzca con su carisma y creemos cierta empatía hacia él, a pesar de tener claro que sus actos demuestran la más pura corrupción. Esto sin duda, es un logro de Sorogoyen, ponernos del lado del criminal, hacernos que entendamos sus motivos.

El reino (2018) es una película de ficción, sin embargo, para los españoles es claro que se refiere a personajes reales, pero con otros nombres y en otras situaciones y lugares, pero que el espectador en definitiva los da por hechos. El filme se centra en Manuel López, un político de importante cargo a nivel autonómico, con una vida “perfecta”, con una esposa e hija que lo aman, que ve cómo su vida se empieza a desmoronar al intentar encubrir a uno de sus compañeros de partido político, con lo que Manuel termina siendo el incriminado y el culpable de todas las fechorías que se causaron tiempo atrás. Manuel está decidido a no caer en la hoguera solo, así que, aunque lo hayan echado del partido, este buscará encontrar toda la documentación que demuestre que él no fue el único culpable. En ese momento se pasa de las palabras a los hechos y El reino termina convertida en un vibrante thriller.


Aquí los medios de comunicación (la prensa, el periodismo televisivo) tienen el papel de toma de consciencia, de faro moral. La periodista Amaia Marín (interpretada por la bellísima Bárbara Lennie), aparece poco, pero tiene un fuerte y contundente rol en el clímax de la película. Será esta mujer a quien veremos en una posición difícil, entre la que sabe que debe jugársela por ser leal al medio en el que trabaja, pero que a su vez sabe que su posición es la de encontrar la verdad; y será ella quien tendrá capacidad de interrogar a Manuel -que en realidad se puede tomar como un personaje que es la réplica de miles de políticos en el mundo- a quien obliga a autocuestionarse y reflexionar, por encima de todo el dinero y poder que pudo haber ganado durante su cargo. Sin embargo, el cinismo del personaje de Manuel crea una coraza impenetrable, pues desde su óptica nada de lo que hizo es moralmente reprochable pues es la práctica común. Así se mueve la política, diría él, como si ser político le diera una ventaja, como si ser político viniera ya con el soborno incluido.

"Eso es típico de nuestra época. Ahora todo el mundo miente. Las farmacias, los gobiernos, la radio, el cine, los periódicos. ¿Cómo no vamos a mentir los particulares?”, dice el personaje de Octave en "La regla de juego" de Jean Renoir, estrenada en 1939. Ochenta años después nada ha cambiado. Bueno, sí. Ahora hay menos escrúpulos, menos alma, menos esperanza.


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©Ingrid Úsuga

Crítica de cine y nadadora artística profesional

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