• Ingrid Usuga

Reencuentros colmados por ausencias: Ad Astra, de James Gray .

Reencuentros colmados por ausencias


“El mejor reencuentro es con la persona que no te querías despedir”

- Anónimo

Perder el conocimiento, saltar al vacío, prepararse para el aislamiento o para las situaciones extremas. Cada uno elige cómo vivir su vida y esto lo entendió muy bien Roy McBride (interpretado por Brad Pitt), quien quiso seguir los pasos de su padre, el astronauta Clifford McBride (Tommy Lee Jones), considerado históricamente como un héroe al mando de la misión Proyecto Lima, que partió hace décadas con el propósito de encontrar vida inteligente en los confines del sistema solar: Clifford fue el primero en llegar a planetas nunca antes tocados por el hombre. Por eso Roy McBride es también un astronauta, protagonista de Ad Astra (2019), de James Gray.


Hay preguntas que nos podemos hacer durante muchos años y que permanecen sin resolver. Solo el auto cuestionarnos constantemente y las suposiciones, son capaces de darnos alguna tranquilidad… o quizá el creer que las estamos evadiendo a la perfección, pero no. La mente siempre necesita encontrarles solución y más aún cuando se trata de situaciones que nos golpean el corazón. En Ad Astra James Gray escogió el espacio exterior como excusa para resolver el lazo afectivo entre un padre y un hijo que pudo haberse realizado en cualquier otro sitio o con cualquier otra metáfora. Sin embargo, acá el exterior le sirvió para explicar el interior del protagonista.


Combinar el espacio con las preguntas que tenemos de alguien que nos abandonó -en este caso las dudas de Roy-, del cuestionarse por alguien que se fue y que al parecer nunca le dolió irse y de recordarlo por años conservando una leve esperanza de algún reencuentro casual o planeado como lo fue en esta película, que constantemente se enfoca en las emociones e introspecciones que Roy hace a cerca de su padre y de sí mismo, y, además, de cómo la ausencia de este marcó su vida y su relación con los demás.

En Ad Astra escuchamos no solo lo que sucede externamente, sino que también escuchamos los pensamientos del protagonista -eso sí, los que el director quiere mostrarnos- asimismo, de permitirnos ver lo que sería el espacio, un lugar desconocido, unos cielos distintos, un poco más fríos, más tenebrosos, como lo era la presencia de su padre en su vida. Quizá que su padre estuviera obsesionado con la idea de encontrar vida inteligente, le causaba daño a quienes no estuvieran de su lado, afectando las misiones espaciales, a la vida humana y al sistema solar por completo; era solo la excusa para demostrar la magnitud de cómo estaba destruyendo (también) el interior de Roy. Quizá el sistema solar y el interior de Roy eran el mismo. Quizá la destrucción que podía ocurrir causada por este “héroe astronauta, padre, desconocido, inalcanzable, infinito…” era el mismo que le causaría a un cuerpo o a una galaxia entera. Pero esta película quiso ser justa, no porque Roy hubiese encontrado al final lo que sus pensamientos genuinos creían que podía existir -como los que cualquiera anhelaría desde niño (un padre amigo que lo ame y su súper héroe)-, sino porque encontró paz, porque un encuentro final lo liberó, le quitó una carga con la que llevaba muchos años de su vida… lo desligó de dudas, de incertidumbres y de preguntas, para permitirle vivir y volar de nuevo, ya no en un espacio sin gravedad, sino en un mundo tangible, lleno de luz, de agua, de tierra, que le permitiría tocar el amor de verdad.


-Por favor, inicie su evaluación psicológica. Describa lo mejor que pueda su estado mental y emocional actual.

(Le pregunta la nave espacial a los astronautas y es quien decide si son aptos para viajar según sus pulsaciones y lecturas corporales)


-Me siento bien. Listo para hacer mi trabajo lo mejor posible.

(Responde Roy)


Esta vez también lo estaba. Pero para no regresar jamás.


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©Ingrid Úsuga

Crítica de cine y nadadora artística profesional

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