• Ingrid Usuga

Presencia inexistente: El diablo a todas horas, de Antonio Campos.

Presencia inexistente

“En 1957, unas 400 personas vivían en Knockemstiff, casi todas emparentadas por alguna calamidad olvidada por Dios, ya sea lujuria, necesidad o simple ignorancia”. Nos dice el narrador de El diablo a todas horas (The Devil All the Time, 2020), para señalarnos que en ese pueblito de Ohio, casi todos son parientes entre sí. Están relacionados, como emparentadas entre sí están las historias que integran este filme de Antonio Campos. Debe ser porque transcurre entre Knockemstiff, Ohio y Coal Creek, West Virginia, dos pueblos de estados contiguos, parte del “cinturón bíblico” del sur de Estados Unidos, una región llena de fe, a veces ciega y muchas veces mal guiada. No es de extrañar entonces que todo en este filme está relacionado, conectado entre sí, Hasta el diablo, aparentemente.

No es sencillo cohesionar diferentes historias, hacerlas coincidir y cruzar en el tiempo y en el espacio sin que se sientan forzadas u obra de un guionista poco hábil, y quizá ese sea uno de los aciertos de El diablo a todas horas: la capacidad de hilvanar unos relatos que no tendrían por qué coincidir y hacer que confluyan como si estuvieran “emparentadas por alguna calamidad olvidada por Dios”, tal como nos lo afirma el narrador, que no es otro que Donald Ray Pollock, el autor de la novela homónima que dio origen a este filme y que él publicó en 2011; y quien además, es la voz que escuchamos en la narración. Él nació en Knockemstiff, él sabe de qué habla cuando dice eso… y sabe transmitirlo con esa voz gutural que parece saberlo todo sobre el destino de los protagonistas.

Dios no solo olvidó esas calamidades que el narrador menciona, también se olvidó de los habitantes de este relato, pues ninguna de sus plegarias es escuchada, quizá porque ninguno de los predicadores de la palabra divina es un hombre de fiar. Pareciera que, entre más fe, más entrega, más cantos y alabanzas, y más gritos de súplicas, más se convierte ese “Dios” en una presencia tan omnipresente como inexistente.

La historia comienza en 1957 con la vida del ex militar Willard Russell, quien desesperadamente intenta salvar la vida de su mujer con oraciones que parecían más un sacrificio bíblico. Su hijo Arvin, es quien más afectado se ve con la conducta agresiva de su padre. No solo heredo de él la pobreza, también la violencia.

Arvin Russell, interpretado en su juventud por Tom Holland, es el protagonista de este relato. Él es un ser tan anónimo como todos a su alrededor, pero tiene en sus manos la posibilidad de la revancha, del desquite. Sin saberlo, se va a convertir en el catalizador de todas las historias del filme, y sin pretenderlo, se va a convertir en el ángel justiciero, que pone todo en su lugar, devolviéndole una frágil armonía al mundo caótico en el que vive. Si no hay un Dios que escuche o que esté bien representado acá en la Tierra, que por lo menos haya justicia que no deje todo en la impunidad.

Las miradas de los personajes constantemente aparecen rotas y nostálgicas, carentes de ilusión. Pareciera que todos tuvieran la ausencia de algo en sus vidas y que solo fueran capaces de aferrarse a esa fe ciega, a ese Dios que nunca escucha y a ese destino que pareciera que es su desgracia… están condenados a la tristeza, al abandono, a la violencia, a la enfermedad y a la muerte. ¿Dónde está Dios? En esos casos, parece decirnos la narración, ante esa presencia inexistente lo que impera es la codicia, la ambición, la lujuria, la satisfacción de los deseos más ruines. Eso es lo que vemos acá, presentado de una manera explícita y a veces sarcástica. Ante el silencio de Dios lo que quedan son ruinas humanas: vacías, llenas de desolación, muertas.


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©Ingrid Úsuga

Crítica de cine y nadadora artística profesional

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