• Ingrid Usuga

Para no olvidar: Las buenas intenciones, de Ana García Blaya.

Para no olvidar


“Pero no existe dolor que haga retroceder, lo que hicimos los dos en tantos años”

-Sorry, Entre las nubes

Amanda mira a su padre Gustavo, sin lástima y sin juzgarlo. Lo ama, así como es él: envuelto en su caos, en su música, con sus cigarrillos permanentemente en la boca, con su amor por River, con su irresponsabilidad de adolescente perpetuo y con sus amantes casuales… Hay un lazo indestructible entre ella, sus hermanos y él, una unión que ninguno de los defectos de ese padre va a romper. Gustavo es un hombre sin introspección, que nunca maduró y que no le interesó hacerlo –así hay muchísimos- que nunca entendió lo que implicaba ser padre y que por eso su matrimonio se derrumbó; pero sus tres hijos, Amanda, Lala y Manu, están ahí y siempre lo estarán.

Amanda es la protagonista. Tiene 11 años y toda la película gira alrededor de ella y de lo que ve y siente hacia su padre, incomprensible e inigualable, con el que comparte el tiempo junto a sus hermanos, un fin de semana sí y otro no. Gustavo, solo entrega lo que es capaz de dar: paseos, fiestas, música, partidos de futbol, tardes en su tienda de vinilos y CD (son los años noventa), pizza en casa… ¿Qué niño no disfrutaría esto? Esa libertad de tener una vida relajada y sin reglas, comparada con el orden y normatividad del hogar materno, donde pasan la mayor parte del tiempo.

Cecilia, la madre, y su nueva pareja -casi que un polo opuesto a lo que es el padre de los niños-, le informa a Gustavo que van a irse a otro país y que los niños se irán con ellos. Es una decisión tomada, no un capricho ni una amenaza. Aquí, el mundo de Amanda cambia de perspectiva radicalmente: debe tomar una decisión urgente, y no cualquiera, una vital, quedarse con su padre o con su madre y sus hermanos. Casi que inmediatamente se puso en la posición de “yo soy capaz” y “yo soy fuerte”, encontrando todas las soluciones posibles para lograr superar esta disyuntiva en la que la vida la había colocado.


Así que toma una decisión velozmente, sin mucho razonamiento, casi que caprichosamente. A este momento, lo llamo el de “su metamorfosis”: porque transforma la disposición de cuerpo, su actitud y hasta su estilo de ropa. Es como si hubiera pasado de niña a joven solo con una pulsación interna, solo con una motivación. Pero esa decisión, seguirá cuestionándola constantemente durante todo el filme, es como una voz interna medio ahogada estuviera queriendo decirle algo, pero no era muy clara aún.

¿Cómo pudo tener tanto valor una personita con tan pocos años? ¿Cómo fue capaz de ser más inteligente que sus emociones? La decisión final que enfrentará Amanda solo la conocemos al final de la película, pero mientras tanto, nosotros, como espectadores, nos dejamos asombrar por la energía tan poderosa que este personaje tiene. Esta película no se trata sobre cómo los “buenos” y los “malos” se enfrentan por ser los mejores, no. Tampoco es sobre la redención de un hombre, de su transformación radical, haciendo méritos incomprensibles para conservar sus hijos. No, Gustavo no cambia, no traiciona su esencia. Amanda lo sabe y sabe lo que eso implica. Y lo asume…

Este tipo de situaciones familiares son más comunes de lo imaginado: “Sentía que era única, que yo estaba viviendo eso, pero la verdad, es que grande conocí a mucha gente de mi generación que vivió situaciones parecidas” dice la directora Ana García Blaya en una entrevista.

Ahora bien, si esta situación de segmentación familiar es más usual de lo que pensamos… ¿por qué también es tan frecuente que muchas personas -mujeres y hombres- se aferren a esos seres que crean inseguridad, incomodidad, insatisfacción y hasta la sensación de desprotección? Lo digo porque así es como nos muestran a un padre, así es como nos muestran a un hombre insensible a las necesidades de una pareja… así es como nos exponen perfectamente un círculo vicioso de relaciones interpersonales, en los que una madre ama y se siente desprotegida, para luego una hija amar a un padre con el que -también- se siente insegura. ¿Por qué ese amor tan puro hacia personas que nos insatisfacen de alguna manera? Cada uno le dará la respuesta a esa pregunta desde su propia experiencia, pero es innegable el factor repetitivo en esta situación.


Las buenas intenciones (2019), ópera prima de Ana García Blaya, es una canción de amor a la relación paterno filial y es en su carácter autobiográfico, un homenaje a su propio padre, Javier García Blaya, que con su amigo Pablo Fisherman, lideraron la banda de rock argentino Sorry, cuyas canciones escuchamos en la banda sonora. La música en este filme es clave, marca la época y el lugar en un ambiente completamente porteño; pero, sobre todo, distingue las emociones de una niña, que recuerda y vive a ese padre como uno de sus mayores tesoros. Además, la directora señala su propio estilo narrativo, en el que combina las grabaciones en VHS de la época –hechas por Javier, su padre- con imágenes sonoras y visuales ficticias, creando así una conversación fluida entre el presente y el pasado, entre lo que Ana García Blaya vivió como niña y lo que quiere decirnos ahora como cineasta.

Transformar los recuerdos personales (disueltos en el tiempo) y volverlos ficción, sin traicionar los primeros ni manipular la segunda, es un ejercicio que requiere pulso, amor y, sobre todo, sensibilidad. Y Las buenas intenciones lo logra, apelando a la búsqueda –y al encuentro- de la emoción genuina. El retrato generacional conseguido es entrañable y conmovedor, capaz de hacernos vivir de nuevo nuestra infancia, lo que sentimos hacia nuestros padres y la herencia que nos quedó por dentro, representado en lo que hoy somos.


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©Ingrid Úsuga

Crítica de cine y nadadora artística profesional




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