• Ingrid Usuga

Inmensidad oculta: The Vast of Night, de Andrew Patterson.


Inmensidad oculta


Una sala de una casa, no vemos a nadie en ella, pero sí un televisor encendido, de esos modelos antiguos de los años cincuenta. En la pantalla en blanco y negro, aparecen unas imágenes alegóricas acompañadas de una voz en off que dice: “Estás entrando en un terreno entre lo clandestino y lo olvidado, una ficción slipstream atrapada entre canales, el museo secreto de la humanidad, la biblioteca privada de las sombras y todas tienen lugar en un escenario forjado desde el misterio y únicamente encontradas en una frecuencia atrapada entre la lógica y el mito. Estás entrando en el teatro paradoja”, anunciando el inicio de un seriado sobre lo sobrenatural. Estas frases remiten –por supuesto- al prólogo que asociamos a La dimensión desconocida (The Twilight Zone), que en su primera temporada se emitió entre 1959 y 1960. Lo que quieren los guionistas y el director de The Vast of Night (2019) es entroncar su relato con una referencia cultural de instantánea recordación para el espectador, como es La dimensión desconocida y permitirle suponer que lo que va a ver podría haber sido perfectamente un episodio de esta serie, llamada acá “Teatro paradoja”.


Estamos en Nuevo México, Estados Unidos, en el pueblecito ficticio de Cayuga. Esa noche hay un juego de básquet, por lo que casi todos los habitantes del lugar están “aglomerados” en las tribunas. Así que solo los “solitarios” aprovechan el silencio de la noche para permanecer un poco más alejados, un poco más reservados. Son los años cincuenta, se teme a los rusos comunistas, y estamos en un pueblo que pareciese inundado por un ambiente lleno de misticismo, nostalgia e historias no contadas.

En The Vast of Night, Everett (Jake Horowitz) y Fay (Sierra McCormick), son los protagonistas: DJ de radio y operadora de centralita telefónica respectivamente. Esa noche en que ambos están de turno trabajando, se apresuran en resolver una interferencia en la radio que apareció sorpresivamente, no saben qué sonido es, no saben si realmente es creado por alguien a propósito, no saben si simplemente es la revelación genuina que la radio les revela desde otra dimensión, una dimensión tan aguda, tan verdadera, pero tan diferente, que ningún humano sería capaz de captar con sus sentidos. Es un universo que se mezcla constantemente a través del aire. Sin embargo, algunos de los habitantes empiezan a reconocer estos sonidos misteriosos.


Estamos viendo todo a través de tres pantallas, la nuestra (que nos separa de la historia), la del televisor dentro de la pantalla (la narración con frecuencia nos lleva ahí) y la que están viviendo los protagonistas entre ellos, entre las ondas invisibles, pero que son captadas a través de la radiofrecuencia… esta última pantalla es un poco diferente, es una presencia que siempre está, que está caprichosamente cuando “quiere”; además, es un “ojo” que elige a quien quiere tener como parte de su sociedad que podríamos llamar “mística”, solo para iniciados…

La película parece estar desarrollándose en tiempo real, con unos planos secuencia virtuosos, intercalados con el uso de voz en off con un fondo completamente en negro, lo que le permite al espectador crear sus propias imágenes y completar el relato. Los personajes que van apareciendo van con su testimonios, cuentos, historias y experiencias -reales o no- armando el rompecabezas de un relato sobrenatural contado con urgencia. La cámara parece estática, pero, realmente, se va acercando lentamente a los personajes sin darnos cuenta, cada vez más hipnotizados, cada vez más conectados y concentrados, cada vez más ansiosos de saber más, de ir atando cabos.


Además, hay que entender la psicología de los personajes para captar sus temores: en ese momento se vivía la guerra fría y una posible invasión rusa (no solo física, sino también mental a través de un “lavado de cerebro”) era un miedo latente con el que se vivía. Además, una década antes en el mismo estado de Nuevo México había tenido lugar el incidente de Roswell, en el que probablemente un OVNI se había estrellado en el lugar, y el gobierno de Estados Unidos había encubierto el hecho. Everett, al principio se nota escéptico, pero Fay, que es apenas una adolescente, encarna a todos aquellos que en esos momentos se sentían en peligro de ser invadidos, fuera por los rusos o por los alienígenas. Al final, la paranoia que ambos experimentan –reflejo de la de los norteamericanos de ese momento- va a mostrarles su verdadero rostro.

Lo notable es que con pocos recursos –una señal de audio, la inminencia de un peligro, un enemigo invisible, unos protagonistas ansiosos- la película logre transmitirnos tanto suspenso, tanta curiosidad y tantas imágenes creadas por la propia subjetividad del espectador. Este estilo de narrar trasciende cualquier barrera objetiva y explícita, para transformarse en un universo propio interno en la mente de cada persona que lo ve; nunca sabrán en Cayuga exactamente qué descubrieron Everett y Fay, así como nunca vimos ninguna onda en el aire, ni tampoco nuestras conexiones neuronales, pero sabemos que esos universos tan míticos como reales, existen.


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©Ingrid Úsuga

Crítica de cine y nadadora artística profesional

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