• Ingrid Usuga

Fantasmas inarrancables: Rebeca, de Ben Wheatley.

Fantasmas inarrancables

“Los fantasmas existen, eso lo sé (…) se aferran a una emoción. A un impulso. A una pérdida. A la venganza o al amor. Esos nunca se van".

-Guillermo del Toro

Inmediatamente me enteré que se estrenaría un remake de Rebeca, supe que quería verla. Mi curiosidad surgió debido a que la primera película que vi del director Alfred Hitchcock fue la versión original de esta historia, realizada en 1940, y que, además, fue su primera obra dirigida en Estados Unidos. El remake de Rebeca es dirigido por Ben Wheatley y está basada, tal como el filme original, en la novela de Daphne du Maurier, gran creadora de la literatura gótica y, además, hija de un amigo de Hitchcock.

Una joven “dama de compañía” es la protagonista en ambos filmes, que, durante los años treinta del siglo XX conoce a Maximilian de Winter, un millonario muy atractivo recientemente enviudado. Es un hombre solo, misterioso, pero que cautiva por completo la personalidad genuina, inocente y un poco “torpe” de ella. Esta joven afortunada, es desposada por él, convirtiéndose en la nueva Señora de Winter, pero poco a poco, se da cuenta de que el fantasma de la ex esposa no desaparece de ningún lugar, ni del hogar de Winter, ni de los empleados, ni de la familia ni del aire que respira. Rebeca se llamaba, Rebeca, un fantasma, una ilusión que termina sofocándonos a todos (espectadores incluidos) con esa figura de alguien tan inexistente como existente, tan intocable como recordada en cada prenda, en cada pasillo, en cada pañuelo, en cada vestido, en cada suspiro de esa casa.

La nueva Señora de Winter entonces, debe lidiar día a día con ese fantasma que pareciera estar creciendo a cada segundo, y que cada día que pasa la está pisoteando, la está volviendo pequeña. Ella trata de luchar contra esa presencia, ella intenta estar a la altura y hasta intenta parecerse, pero cada esfuerzo es en vano. El fantasma le anula hasta el nombre. Nunca sabremos cómo se llamaba la nueva señora de Winter. Pero esto tenía una clara intención desde la novela original. Por lo que ni en la novela, ni en las versiones cinematográficas aparece. ¡Es como si hubiera perdido por completo su identidad! Está completamente borrada del presente.

Ambas versiones son películas de terror gótico sin mostrar algún vampiro o monstruo explícitamente. Sin revelar rostros, solo a través de imaginarios que invaden la mente de los personajes y a los espectadores. Frente a los dos largometrajes, cabe preguntarse ¿Cómo puede cambiar una película (o una misma historia) a través de los años? ¿Cuánto puede evolucionar o involucionar? La versión de Hitchcock trató de mantener la esencia del libro. Pero eso sí, eso se debió a la presión que el productor estadounidense David O. Selznick ejerció sobre él, ya que el primer boceto de guion de la adaptación al libro hecha por Hitchcock (con otros cuatro guionistas acreditados), estaba cargada con un poco de humor y nuevos personajes, por lo que tuvo que someterse a varias reescrituras.

El punto es -independientemente de ser lo más leal posible o no al libro- la sensibilidad y el impacto con el que podemos diferenciar ambas películas: la versión de 1940 y la de ochenta años después, dirigida por Ben Wheatley. La nueva versión perdió todo lo anterior porque se dedica a ahondar pretenciosamente en eventos llenos de explicaciones innecesarias, llevando a los personajes a todos los lugares y a ninguno sin concretar nada. Esta indefinición es lo que termina causando un aburrimiento hacia el filme. Es como si quisiera explicar lo que no se explicó en la versión de Hitchcock, pero se equivocaron, porque simplemente quien la ve por primera vez, no va a entender esas “aclaraciones”.

Es un deber verse la versión de 1940, es ley dejarse embelesar por la belleza y delicadeza de esta película en todo su recorrido narrativo. Pero, también es un deber darse cuenta de cómo a partir de una cinta clásica puede hacerse un remake al que le sobran colores, exceso de explicaciones de lo que les sucede a los personajes dentro de su mente y que no le dan cabida al espectador de imaginar lo que los personajes podrían estar sintiendo. No está mal apoyarse de las nuevas tecnologías y avances de los efectos visuales que ahora tenemos, pero, considero que esta versión 2020, quiso explicar tanto, quiso mostrar tanta belleza visual (vestuarios, paisajes, objetos); que se quedó en lo superficial, y olvidó que una película previa había contado la misma historia, dejándonos en un abismo conmovedor y eterno. Esta nueva versión perdió cualquier tipo de misticismo, de ensueño posible.

Si alguien ve Rebecca 2020 podría entretenerse fácilmente. Pero, ¿dónde habrán quedado los anhelos por descubrir lo que cada personaje sentía o aspiraba? Las comparaciones no son muy buenas, lo sé. Cada tiempo y cada forma de ver una misma historia contada por diferentes personas siempre va a cambiar. Pero, el respeto por la obra inicial (la novela) seguido por la versión cinematográfica (Rebeca de 1940 ganadora del Óscar a mejor película) debe entenderse como una responsabilidad por dejar en alto también a una nueva creación. Y aunque esta última contaba con un elenco demasiado atractivo (Lily James y Armie Hammer), la historia perdió. Y perdieron los espectadores contemporáneos que desconocen por completo esta obra maestra de Hitchcock, casi perfecta, que no envejece a pesar del paso del tiempo.


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©Ingrid Úsuga

Crítica de cine y nadadora artística profesional

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