• Ingrid Usuga

El arte de la guerra sucia: Hater, de Jan Komasa.

El arte de la guerra sucia

La reputación de una figura pública –expuesta permanentemente en medios y en redes sociales- es un valor tan enorme como frágil, pues se encuentra a merced no solo de los comentarios negativos, abusivos o violentos, sino también del ataque coordinado de aquellos con capacidad de generar fake news y campañas completas de desprestigio, disfrazadas de supuestos movimientos sociales genuinos. Esto no es una exageración, esto es algo que está ocurriendo, una guerra sucia digital que Hater (Sala samobójców. Hejter, 2020) nos expone.


Quizá para fines dramáticos el guion de este filme polaco llega a extremos criminales y está protagonizado por un hombre con rasgos psicopáticos, un joven llamado Tomasz Giemza (interpretado por Maciej Musialowski) que posee una mentalidad estratégica malvada, capaz de convertir en títeres a todos a su alrededor, manipulando a todos sin remordimiento alguno, capaz de girar todo a su favor. Es fascinante estudiar su conducta, esa habilidad tan enorme de estar mentalmente un paso delante de los demás. Juicioso estudiante de El arte de la guerra de Sun Tzu, Tomasz es una mezcla de resentimiento social, ganas de desquite, cinismo, usuario privilegiado de las herramientas informáticas y ausencia total de escrúpulos: la mezcla perfecta para lograr triunfar en el mundo subterráneo de las redes de desprestigio.

Por supuesto que lo que vemos ahí da miedo, pero lo hace porque sabemos que esta –pese a sus exageraciones- no es una ficción desaforada, sino algo que sucede frente a nuestras narices y lo terminamos aceptando como natural. Las redes sociales parecen “predecir” nuestros gustos y orientar nuestras decisiones, cuando en realidad debajo de eso hay todo un entramado comercial diseñado para convencernos de comprar algo o para que apoyemos o hundamos a una figura pública. Y esto es lo que este filme nos advierte y nos revela, que somos marionetas en manos de titiriteros cuyas reales intenciones desconocemos en realidad. ¿Marketing? ¿Estrategias de fidelización de clientes? ¿Creación de delirios colectivos? ¿Organización de revueltas políticas? Todo se vale, en realidad. Y Tomasz lo sabe.


Cuando empieza el filme lo vemos ensimismado, nublado entre sus pensamientos, asfixiado, victimizado. Siente el desprestigio de su familia, el de su universidad y el de ese amor imposible que parece siempre quererse alejar de él. Ese que no valora su carisma genuino, ese que en vez de verlo se burla, como si su existencia no tuviera significado en lo más mínimo. Estas sensaciones son solo el inicio y el impulso para quitarle el freno a una personalidad explosiva, que con tantas frustraciones y dolores mentales se había saturado al punto de querer buscar venganza y desquite.

Y va a hacerlo convirtiendo su habilidad para el manejo de redes sociales en una herramienta de destrucción. Si él no es capaz de controlar su vida real, si no es capaz de amarse siendo “real” ante los demás, va a explotar el gran poder y talento que tiene para gobernar el mundo virtual, este, que es ahora nuestro mundo actual y quizá más verídico que cualquier otro tangible. No se trata de un “vengador anónimo” o de un “asesino solitario”, sino de un empleado de una empresa de dudosa ética, que se ocupa –en la superficie- de generar contenido, opinión y tráfico favorable en redes sociales, pero que en realidad hace todo lo opuesto: destruye imágenes públicas y desprestigia, por un precio, la carrera y la trayectoria de todo aquel que sea incómodo o desfavorable para los “clientes” de esa empresa en la que Tomasz se destaca por su habilidad inescrupulosa para poner zancadillas crecientes en virulencia y violencia.

Él siempre pareciera a punto de perder el control, de descarrilarse, pero jamás pierde el Norte de sus actos, guiado por las ganas de satisfacer sus impulsos ególatras que no conocen frontera moral alguna. Tomasz sabe que nuestra realidad nos tiene ahogados en el universo de los likes, de las imágenes, de los filtros, de las composiciones, del “mostrar” lo que nos conviene. Nos tiene en sus manos, así no lo notemos. Al final de Hater me queda el sinsabor de que todo este caos caprichoso solo sirvió para un ego herido que queda igual de triste e insatisfecho como siempre lo había estado. Y peor aún, con más odio hacia los demás y con más poder.


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©Ingrid Úsuga

Crítica de cine y nadadora artística profesional

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