• Ingrid Usuga

Caos innato: Los Miserables, de Ladj Ly.


Caos innato


"Amigos míos, retened esto:

No hay malas hierbas ni hombres malos.

No hay más que malos cultivadores."

-Victor HUGO

La policía contra los niños, los grandes contra los pequeños, los niños contra el estado. Todos llenos de miedo. De ira y venganza. Un escenario lleno de caos, de incertidumbre, de guerras entre bandas, de inconformidades, de hambre y de egos encontrados… este es el ambiente que nos presentan en Los miserables (Les misérables, 2019), dirigida por Ladj Ly, rodada en la comuna de Montferneuil, un suburbio marginal de París. Este thriller, revela la inequidad social actual de este lugar, y de cómo la ley, los líderes y los niños a su vez, se ven involucrados en la marcada inestabilidad que tiene esta “pequeña” comunidad.

La película desde su estreno ha contado con gran reconocimiento y galardones, incluido el César a la mejor película en una entrega de premios, donde Roman Polanski se llevó el premio a mejor director por el El oficial y la espía (una de las doce nominaciones al César de esta última). Polanski es autor en la mira del movimiento #MeToo, acusado de violaciones a mujeres en años anteriores, lo que -con toda razón- ha causado airadas protestas por parte de los grupos feministas.

El 28 de febrero de 2020, Los miserables ganó cuatro premios César de la Academia francesa de cine. Que este filme y El oficial y el espía compitieran y que al final Los miserables se llevara el premio Cesar a la mejor película, no le quita mérito alguno a su triunfo. Este no puede ser visto como un premio para evitar un problema mayor, pues la calidad de Los miserables hace que se defienda por sí sola. Además, en mayo de 2019 había ganado en Cannes el Premio del Jurado y fue la representante de Francia en los premios Óscar. Simplemente tuvo el infortunio de estar en medio de un huracán desatado por Polanski.

Los miserables sigue a los personajes utilizando la técnica de cámara en mano -revelando su angustia a través de planos cerrados y movimientos de cámara al ritmo de ellos-, lo que hace que la dirección de fotografía tenga una esencia muy naturalista, logrando semejar un estilo documental. Este estilo, se contrastó con la calma y amplitud de visión de un ojo -la lente de un dron- que todo lo veía desde el cielo –la mirada de Dios-, comparado con las personas que abajo se destrozaban. Quizá verlo todo desde arriba, era el único instante de paz -o de seguridad, de poder ser invisible e intocable- porque a medida que el dron se acercaba al suelo, parecía contaminarse con lo que ya estaba envenenado abajo, perturbado y sin control.

Pero… ¿Cuál fue el detonante para que este barrio acostumbrado a la corrupción se viera perturbado? En realidad no hubo uno solo. Fueron una combinación explosiva de factores, cocinados por el calor del verano parisino: corrupción, intolerancia, pobreza, desigualdad. La puerta de entrada al argumento del filme fue la llegada del nuevo policía, Stéphane Ruiz (interpretado por Damien Bonnard) a París, para estar más cerca de su hijo; él fue esa “piedrita en el zapato” de todas esas bandas criminales que ya estaban conformadas Stéphane, simplemente no sabía cómo relacionarse con ellos, solo utilizó su intuición para “hacer lo correcto”. Pero no fue fácil, ya que su equipo estaba conformado por Chris (Alexis Manenti), un hombre corrupto y antipático, junto a Gwada (Djebril Zonga), que solo hacía caso a las órdenes de Chris.

Stéphane notó una grave inconsistencia en el barrio, captó esa mezcla ya existente, en la que los policías de tanto estar en contacto con los jefes del barrio, se han contaminado de sus prácticas delictivas y las usan a su favor para imponer su poder y demostrar que tienen el control, así atropellen a los más vulnerables, como son los niños y jóvenes del sector. Ninguno de los niños que figura en Los miserables tenía experiencia actoral y son ellos, precisamente, quienes más transmiten al espectador; claramente uno siente la naturalidad con la que son capaces de representar su vida y su esencia más allá de la actuación.

Ahora bien, Los Miserables en casi dos horas nos resume lo ocurrido en dos días, un caos de violencia que parece no fuera a tener conclusión, de lo redundante que por momentos se vuelve. Pero, después de tanto esperar, el final se hace corto, en un clímax contundente y exuberante, donde los niños, los más excluidos, son los protagonistas.

Sí, son esos niños los que son capaces de dar cierre a todo. Son esas almas jóvenes que ya tienen prejuicios, pero que no quieren más de lo mismo. Son esos niños que se adaptaron a esa anarquía y son ellos mismos, quienes otorgan justicia; quienes se superponen por encima de esas mentes adultas y envenenadas, son ellos que, jugando a ser un equipo de verdad, lleno de ira ciega, apoyo e incondicionalidad derrocan una era construida por el temor. Ahora lo dan todo, sin miedo, sin lastres, sin reserva alguna. Ya no más, dicen… y efectivamente, no existió dios capaz de detenerlos.

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©Ingrid Úsuga

Crítica de cine y nadadora artística profesional


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