• Ingrid Usuga

Una ilusión eterna: Cafarnaúm, de Nadine Labaki

Una ilusión eterna


“Solamente hay dos escuelas donde se educan los hombres: la desgracia y la miseria. En la dicha y la fortuna se aprenden otras mil cosas, pero las verdades, nunca.”

-Manuel del Palacio



¿Por qué preferimos los círculos viciosos? ¿Por qué preferimos la vía fácil de sentirnos mal?; ¿O es que es simplemente debemos aceptar lo que nos toca?

“¡Yo no pedí esto! (...) ¿Han considerado que puede que no sea nuestra culpa? Nací así, me crie así. ¿Cómo he hecho mal? Si hubiera tenido opciones, ¡Podría ser mejor que todos ustedes!”. Estas fueron las palabras de Selim, el padre del protagonista Zain, en un tribunal en el que estaba siendo demandado por el niño de 12 años, por “haberle dado la vida”.

Esta gran obra de Nadine Labaki, ganadora del Premio del Jurado en Cannes 2018, es una combinación de una realidad llena de miseria y fragilidad; en la que nos muestran el lado más verdadero y poco afectuoso que existe en este caso, en una ciudad de El Líbano. Si no fuera porque la gente habla diferente, la tipografía de sus murales y las placas de los carros tienen símbolos “raros” y las letras en las calles son desconocidas, cualquier persona podría confundirlo con algún barrio marginal en una ciudad de Colombia. Es más, las condiciones de producción son tan similares a las de este país, que el esposo de Nadine, tuvo que hipotecar la casa para poder hacer la película. Parece que esto fuera un círculo vicioso que no se detiene, que no termina; a los humanos parece que nos encanta hundirnos más y más, en que tal vez “la salida fácil” fuera siempre el estar resignado. Es un universo en el que pareciera que la soledad atrae más soledad, la pobreza trae aún más pobreza, en que la tristeza es un vicio; en el que la lucha por salir adelante y tener un pan para comer cada día se convierte en lo primordial. Así, la cotidianidad de su ser crea una necesidad enfermiza.



Labaki -que a propósito demuestra el gran talento que las mujeres pueden tener a la hora de dirigir una película- tiene tacto al narrar, esa sensibilidad poética de combinar el caos y el arte, de juntar la desesperación de lo que se ve y lo que se escucha con mucho ruido, con movimientos en la imagen; pero que nos llega con violines de fondo, música estilizada que encaja perfectamente con esa realidad imperfecta. Labaki nos desarma completamente en una nostalgia profunda, en una inspiración abismal. Su manera de contarnos la vida Zain -tan lleno de conflictos familiares- nos interroga, su cuestionamiento principal lo expone en repetidas ocasiones en diferentes maneras, ya sea a través de la voz del niño o a través de lo que se ve en pantalla: “¿para qué tener hijos?, esto es una pregunta para los adultos.


Algo de admirar en esta película, fue la profundidad que tuvieron Nadine Labaki con sus coguionistas en el momento de decidir qué iba a tener mayor importancia y profundidad. A pesar de ser una película de verdades sociales, el centro de todo es Zain, que tiene unas vivencias específicas, quien es rechazado por sus padres; es un niño que a pesar de tanta falta de amor entrega mucho amor, es un niño que protege, lo demuestra al cuidar a su hermana, al alimentar un bebé recién conocido de una mujer que tampoco le brinda amor pero que necesita que le cuiden su bebé. Independientemente de los motivos que sean, el ser humano es a veces tan incoherente, tan frágil, tan inexplicable.


¿Por qué hacemos cosas sin recibir retribución? ¿O será que la ilusión de que vamos a ser amados y protegidos en cualquier momento y que seremos muy felices al sentirlo nos mueve al actuar? Es como si nuestras acciones de hoy siempre vendrán con amor en retribución en un futuro. Pero lastimosamente, la vida siempre cumple ciclos y busca el equilibrio; equilibrio que a muchos no les llega nunca. Amor que unos cuantos nunca logran sentir.


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Cafarnaúm

©Ingrid Úsuga

Crítica de cine y nadadora artística profesional

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