• Ingrid Usuga

Recuerdos Imborrables: Días de gloria, de Terrence Malick

Actualizado: 5 de jun de 2018

Recuerdos Imborrables


“Puedes cerrar los ojos a la realidad pero no a los recuerdos”

- Stanislaw Jerzy Lec

Días de gloria (Days of Heaven, 1978) –la segunda película de Terrence Malick- fue construida a su propio ritmo, al ritmo de las condiciones atmosféricas y anímicas de sus realizadores. Fue creada sin forzarla, sin un orden de grabación preescrito. El modelo de fotografía estuvo basado en el cine mudo (Griffith, Chaplin, entre otros), donde la sencillez era su método. De esta manera la luz natural primó en toda la obra; así, los personajes aparecían levemente en silueta, dándoles la magia y un propio estilo al filme. Todos los detalles de este largometraje eran únicos, desde la creación detallada de sus vestuarios, donde los colores eran compuestos y poco brillantes; trajes viejos para evitar el aspecto falso que podría darle una ropa confeccionada de los estudios; hasta sus imágenes caracterizadas por paisajismos majestuosos.


Pero no siempre estos paisajes estuvieron en un primer plano dentro de la narración, estos últimos –bellamente registrados por la lente del español Néstor Almendros, que tuvo su inspiración en la estética del pintor Americano Andrew Wyeth- se alternaban con los personajes y su importancia cambiaba según los planos y la intención de la historia.



Este es un relato ambientado en 1916 donde unos amantes (Bill y Abby) juegan a ser hermanos para evitar los comentarios de la gente y ambos trabajan para un terrateniente joven en Texas en los grandes campos de trigo. Este último (Sam Shepard) queda encantado con Abby, proponiéndole matrimonio. La pareja al ver lo pobre que eran y creer al mismo tiempo que el patrón iba a morir en poco tiempo, deciden continuar con su juego. La película es narrada en voz en off por la hermana de Bill. Su voz siempre melancólica, nostálgica, al ritmo de cada imagen y de cada plano musical recrea lo que fue para ella el tiempo que vivió cuando estaba junto a ellos dos.

Hay resaltar el rol que Sam Shepard interpretó. Es claro que convertirse en un personaje que es engañado, que no es amado y que tiene un espíritu vulnerable, detrás de un hombre apuesto y honesto requiere de un gran profesionalismo. Esta figura resulta ser un individuo que es nostálgico y triste, con una personalidad calmada y tranquila. Además, es un personaje que se va transformando sutilmente a medida que va viviendo; es alguien que muestra cómo la fragilidad puede convertirse en un arma de poder al final.


Terrence Malick, además de mostrar una calidad técnica asombrosa, quiso en Días de gloria mostrarnos la belleza de la naturaleza y contrastarla con el accionar humano, con sus desgracias, de sus virtudes y ambiciones. Dejarnos ver cómo las represiones y silencios en un ser pueden crecer tanto por dentro al punto de hacerlo llegar al clímax y no tener control sobre sí. Todos los personajes siempre queriendo obtener algo a cambio en la vida: el terrateniente a la espera de amor para matar su cobardía, Abby esperando obtener con dinero menos infelicidad y Bill lleno de inseguridades espera obtener honor con los poderes seductores de su amante. No hay momentos para juzgar, sino para aceptar lo que como seres humanos somos: seres de impulsos; personas que aunque crean que pueden con todo siempre necesitarán algo a cambio: la búsqueda incansable de encontrar amor verdadero. Así sucede, cuando te aferras a los recuerdos insuperables, a lo vivido, que no quieres perder, pero que ya no está.


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Publicado en el cuadernillo digital de la Revista Kinetoscopio, “Sam Shepard, hombre de cine” (diciembre de 2017), págs. 30-31

©Centro Colombo Americano de Medellín, 2017

©Ingrid Úsuga

Crítica de cine y nadadora artística profesional

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