• Ingrid Usuga

Firmamento Utópico: Dolor y Gloria, de Pedro Almódovar .

Firmamento Utópico


“El amor podrá mover montañas, pero no podrá salvar a quienes amamos”

-Monólogo de Alberto en Dolor y Gloria

Hay vivencias que no se olvidan. Hay recuerdos que se adhieren de por vida, de los que nunca se habla, de los que pareciese que nunca existieron, pero que se quedaron allí, dentro del ser, del alma, guardados como un tesoro sellado, del que nadie puede tener acceso, ni siquiera el mismo dueño… pero en algún momento, pueden ser tantos y tan fuertes, que por naturaleza, salen sin ser advertidos y empiezan a consumir la mente, los deseos, los pensamientos de quien los tiene por dentro.


A veces, el tiempo solo se encarga de guardar -proteger- esos recuerdos, para ser contados en un futuro, en la madurez, cuando ya por lo menos existen palabras para darles significado. En Dolor y Gloria (2019), Salvador Mallo, interpretado por Antonio Banderas (quien ganó el premio al mejor actor en Cannes 2019) es un hombre ya un poco viejo, ya un poco ido, y ya un poco menos esperanzado, aceptando el camino que vivió, pero que constantemente tiene en su mente sus vivencias de infancia, su primer deseo, su primer amor y su madre, que ya no está. De hecho, ninguna de esas memorias existe ya, solo dentro de su cabeza.


¿Los mejores momentos para contar algo es cuando ya no existen? Esto se lo podría preguntar cualquier espectador al ver el filme; y en respuesta a ello, Salvador que es un director de cine exitoso (que es el “otro yo” de Pedro Almodóvar -en realidad es su autorrepresentación-) podría responder que es en la madurez, cuando ya lo que hacemos es mirar en retrospectiva lo que fuimos, qué hicimos, cómo quisimos y cuáles fueron nuestras palabras para expresar el odio, el amor o el dolor; la sabiduría que el tiempo le entregó al director en sus años de gloria y de agonía, demuestran que para él, llegar a esa edad, la vida le ha mostrado que la honestidad propia cobra sentido en su vida, y que esa sinceridad se la va a entregar al mundo entero a través de una película reconciliadora consigo mismo, en la que le cede a Salvador toda su confianza para representarlo, y en la que su madre, evocando sus épocas de infancia, es Penélope Cruz.


Salvador (Almodóvar), revela su fragilidad a través de sus miedos, sus tristezas, sus desamores y sus dolores mentales y físicos, que ya se habían apropiado de él, los cuales de alguna u otra forma, eran su vía para explotar su arte y así, a través de esto, quedar completamente desnudo ante el mundo; haciéndolo de la manea más sublime y podría decirse que leal (no sabemos qué tanta ficción pudo existir) a todos sus recuerdos, en las que su filmografía anterior como La mala educación (2004), también se vieron reflejadas aquí.


Por último, quiero hablar de Alberto, un personaje importante en esta obra, que actuó para Salvador y con el que no se hablaba desde hace 32 años, le servirá de puente para reencontrarse con un amor del pasado, alguien a quien nunca olvidó -como los destinados seres que cada uno tenemos, que marcan nuestra existencia de por vida-. Y este alguien, a quien nunca pudo salvar, termina salvándolo de sus adicciones, de sus temores mentales. El amor sí lo salvó, pero lo salvó en su soledad y en su fragilidad, en un idealismo eterno; en el que el amor y la ficción sirven para salvarnos de nuestra realidad incambiable.


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©Ingrid Úsuga

Crítica de cine y nadadora artística profesional




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