• Ingrid Usuga

Contra reloj: El doble más quince, de Mikel Rueda

Contra reloj

Contra reloj, como si tuvieran el reloj de arena en sus manos. Afanados, para no agotar el último grano de arena; encantados, asombrados, embelesados, seducidos por el otro, a pesar de lo distintos que son, de no tener nada en común, de no tener por qué coincidir: él, con apenas 17 años con unos labios y facciones de un adolescente común, aún en el colegio, nadador y empleado en un restaurante; y ella, con la mirada de una mujer mayor de 45 años, médica general, casada y con dos hijos pequeños. Los separa una vida entera de experiencias y, sin embargo, se encontraron. El doble más quince (2019) es la crónica de esa comunión de espíritus que se da ahí, delante de nuestros ojos, con toda naturalidad y toda espontaneidad, desafiando diferencias de edad, de estados civiles, de nivel social, de trasegar vital. Nada de eso importa cuando dos almas se reconocen con iguales necesidades. Su conexión permaneció continua y fuerte, un lazo efímero que, sin embargo, parecía ser más poderoso que cualquier otra sensación que sintieron antes.

Ella se llama Ana (hermosa Maribel Verdú, con 48 años al momento del rodaje) y sufre de la crisis de la mediana edad. Hay tedio conyugal, hay cansancio crónico, hay la necesidad de algún escape. Al inicio del filme escuchamos el sonido de un vibrador como un intento fallido de satisfacerse, y por eso, es fácil entender que curiosee en un chat sexual e interactúe con un webcamer que le llama la atención. Ella necesita hacer algo para no hundirse. Él se llama Erik (Germán Alcarazu) y es un adolescente con una madre viuda y con deudas. Erik pierde su empleo y no ve otro camino para ayudar en su hogar que alimentar fantasías sexuales ajenas a través de internet. Ahí se encuentra con Ana. Obvio, ambos van a mentir sobre sus identidades y edades, pero ahí queda planteada la oportunidad de verse y mirar que puede ocurrir entre ambos.

El director y guionista Mikel Rueda ya había trabajado previamente con Maribel Verdú y Germán Alcarazu en Caminan, un segmento de la cinta coral Bilbao-Bizkaia Ext: Día (2015) y sus intenciones fueron siempre extenderlo para hacer un largometraje. Este es el resultado. Sin embargo, El doble más quince no es una película sobre un encuentro sexual furtivo. Mikel Rueda está ante todo interesado en la construcción de un puente entre dos seres que les permita comunicarse a plenitud. En eso se emparenta con las tres películas que Richard Linkater hizo con Ethan Hawke y Julie Delpy entre 1995 y 2013, sobre todo con Antes del amanecer (Before Sunrise, 1995), donde se privilegia el diálogo franco como instrumento para acercarse a alguien que apenas conocemos.

Desde este punto de vista, de coherencia de necesidades de los personajes por descubrir al otro, es donde la película obtiene toda su fuerza, a pesar de que existan varios puntos de discontinuidad en el filme y pareciere que hubo falta de cuidado con unas secuencias para que no pusieran en duda la naturalidad de una historia, de esta historia, como por ejemplo el sudor en los cuerpos después de bailar, o el cambio actitudinal de los personajes después de beber mucho alcohol.

Cabe resaltar la fotografía de Kenneth Oribe, en la que aprovecharon para enfocar siempre a Ana y a Erik, dándoles aún más protagonismo y no permitirnos que ningún tercero entrara a sus vidas cuando ellos estaban juntos, parecía también, una sensación interna de ellos dos que, nosotros como espectadores podíamos captar, solo ellos dos importaban, solo el otro estaba en la mente del otro cuando estaban juntos, no había interferencias, no había ruido alguno. Solo ellos dos, en su imperfección perfecta, en su unión auténtica y cómplice. Una aventura que se queda suspendida en el tiempo, un amor que existe y existirá por siempre, su secreto de por vida.


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©Ingrid Úsuga


Crítica de cine y nadadora artística profesional

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