• Ingrid Usuga

Actos irreversibles: El precio de la verdad, de Todd Haynes.


Actos irreversibles


“Cuando ya no se puede cambiar una situación, tenemos el desafío de cambiarnos a nosotros mismos”

-Viktor Frankl

Las mentiras corporativas son las más peligrosas. Son las más ocultas y difíciles de descubrir, y, además, las que más implicaciones colectivas suponen. Bancos, compañías de inversión, industrias farmacéuticas... sus engaños y malas prácticas afectan a comunidades y países enteros, a veces con el consentimiento tácito de los gobiernos, temerosos del poder que esas empresas tienen.

El cine se ha encargado de denunciar ese tipo de prácticas, la mayoría de las veces a través de documentales como La verdad incómoda(An Inconvenient Truth, 2006) sobre el calentamiento global, o Inside Job(2010) a propósito de la crisis financiera de 2008. Es menos común que desde la ficción se hagan esas denuncias, tal como las que plantea El precio de la verdad (Dark Waters, 2019), de Todd Haynes, al revelar la responsabilidad de la empresa DuPont en contaminar prácticamente al mundo entero y sus habitantes (ustedes y yo incluidos) con un agente químico de probada toxicidad. El guion de El precio de la verdad está basado en un artículo que salió en enero de 2016 en The New York Times Magazine escrito por Nathaniel Rich, y en el que hace una crónica de los hechos.

Reconozco que, al ver el tráiler, sentí que, desde ese primer acercamiento, ya tendría resuelta en mi cabeza toda la trama y que ya sabría cuál iba a ser el final. Y, aunque en parte así lo fue, a medida que fue avanzando la película adquiere el valor de denuncia global. Me sorprendió su desarrollo, aunque obviamente esta es una de las características de este género (voy a llamarlo thriller investigativo), en el que la magia no está en su final, sino en lo que te vas a ir encontrando como espectador a medida que te muestran el desarrollo de los eventos.

Su protagonista, Rob Bilott, interpretado por Mark Ruffalo –un actor ya tres veces nominado al premio Oscar- es un abogado que se encarga de sacar a luz los daños que causó la DuPont, empresa productora de químicos, desde alrededor de los años cincuenta, al comercializar el C8 o PFOA (Ácido Perfluorooctanoico), que fue colocado en las conocidas ollas antiadherentes de teflón (que hoy en día se siguen utilizando), y cuyos desechos fueron arrojados a través del agua potable. Con el tiempo, la DuPont vio que el PFOA iba a causar todo tipo de daños en la salud de las personas (como cáncer de testículo, de mamas, deformidad de los fetos, modificaciones en el ADN), pero nada dijo. Lo peor es que estos agentes químicos han quedado residuales en el interior del 99% de los seres en el planeta.

Lo contradictorio aquí, es que fue Billot, justamente, hacía parte del bufete de abogados de Taft Stettinius & Hollister en Cincinnati, Ohio, empresa defensora de las empresas químicas. Y a este, es quien nos presentan como el héroe solitario, pero realmente, fue gracias al apoyo que le dio el director del bufete que logra resolver todo el caso y demandar con eficiencia a la gran empresa -a ese gran monstruo indestructible-. Esta obra se caracteriza por ser narrada a un estilo muy Hollywoodense, donde lo legal y lo correcto son el bien que está por encima del mal.

Pero… y si la voz de Billot fue solo una voz, frente a todo un universo lleno de corporaciones, ¿cómo podremos descubrir a otras empresas conscientes del daño que nos están causando con su contaminación día a día? ¿cómo apagar la ambición de otros muchos que no les importa causar más daños e intoxicación a la naturaleza? Esta película solo es el reflejo de una denuncia que miles de empresas más deberían afrontar, pero no. Tristemente somos a la vez nuestro propio cáncer y nuestra propia esperanza, pero estamos ya en una etapa de metástasis tan avanzada que no es posible imaginar un futuro tan digno y claro como el que nos mereceríamos. La codicia y la ambición van a terminar por acabar con lo que somos.


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©Ingrid Úsuga

Crítica de cine y nadadora artística profesional

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